Muchas personas llegan a terapia con la sensación de que lo que les ocurre no encaja del todo en una etiqueta concreta. A veces aparecen síntomas de ansiedad y tristeza a la vez; otras, el malestar es más difuso, difícil de nombrar, pero persistente.
“Sé que no estoy bien, pero no sabría decir exactamente qué me pasa”.
El diagnóstico puede ser una herramienta útil en determinados contextos, especialmente en ámbitos sanitarios o de investigación. Sin embargo, en la experiencia clínica cotidiana, no siempre explica lo que mantiene el sufrimiento de una persona. Es frecuente que distintas dificultades se entrelacen y se influyan mutuamente a lo largo del tiempo.
Desde esta perspectiva, centrarse únicamente en una etiqueta puede dejar fuera aspectos importantes del malestar: la historia personal, el contexto actual, la forma de relacionarse con uno mismo, con los demás o con la incertidumbre. Dos personas con el mismo diagnóstico pueden necesitar acompañamientos muy distintos, mientras que personas con diagnósticos diferentes pueden compartir procesos psicológicos similares.
Por eso, una forma alternativa de entender el malestar psicológico consiste en mirar más allá de las etiquetas y atender a los procesos que lo sostienen: patrones de pensamiento repetitivo, formas rígidas de afrontamiento, dificultades en la regulación emocional o maneras aprendidas de relacionarse con uno mismo y con el entorno.
Este enfoque permite una comprensión más ajustada y un acompañamiento más individualizado, sin reducir la experiencia de la persona a una categoría cerrada. No se trata de negar el diagnóstico, sino de no convertirlo en el centro del proceso terapéutico.
Entender el malestar desde los procesos abre la posibilidad de trabajar aquello que realmente está operando en la vida de la persona, respetando su singularidad y su momento vital.


