Vivimos en un contexto social marcado por el cambio constante, la rapidez y la falta de certezas estables. Tomar decisiones, sostener dudas o convivir con lo incierto se ha convertido en una experiencia cotidiana para muchas personas.
En este escenario, el problema no suele ser la incertidumbre en sí, sino la forma en que intentamos gestionarla. Darle vueltas constantes a las cosas, anticipar escenarios o exigirse encontrar la decisión “correcta” suelen ser intentos de reducir la incomodidad que genera no saber.
Pensar, analizar o prever no es algo negativo en sí mismo. El pensamiento cumple una función importante. Sin embargo, cuando se convierte en una estrategia rígida de control, puede acabar generando el efecto contrario: más bloqueo, más cansancio mental y mayor dificultad para actuar.
Muchas personas describen esta experiencia como una sensación de estar atrapadas en su propia cabeza, sin poder avanzar. Cuanto más se intenta eliminar la duda mediante el pensamiento, más presente se vuelve la incertidumbre.
Desde una mirada psicológica, el foco no está en eliminar la incertidumbre —algo imposible—, sino en revisar la relación que se establece con ella. Aprender a tolerar la duda, aceptar la incomodidad que implica decidir sin garantías absolutas y flexibilizar la necesidad de control permite recuperar margen de acción.
Trabajar esta relación con la incertidumbre no significa dejar de pensar, sino poder actuar sin tener todas las respuestas, y sostener el error como parte inevitable del proceso vital.
