Muchas personas no describen su malestar como tristeza o ansiedad, sino como una sensación constante de exigencia interna. Una forma de relacionarse consigo mismas marcada por el “tengo que”, el “debería” o la sensación de no estar nunca a la altura.
Vivir desde la exigencia puede parecer, en un primer momento, una fortaleza: compromiso, responsabilidad, capacidad de esfuerzo. En muchos contextos, además, esta forma de funcionar ha sido valorada y reforzada. Sin embargo, cuando se convierte en la principal manera de estar en el mundo, suele generar desgaste emocional, culpa constante y desconexión de las propias necesidades.
En estos casos, la dificultad no está tanto en lo que la persona hace, sino en cómo se trata mientras lo hace. La autoexigencia deja poco espacio para el descanso, el error o la duda, y construye una relación interna basada más en el control que en el cuidado.
Desde algunas perspectivas psicológicas, la autoexigencia no es un rasgo fijo de personalidad, sino un patrón aprendido de relación con uno mismo. En muchos casos, ha cumplido una función importante: adaptarse, protegerse, responder a determinadas demandas del entorno. El problema aparece cuando ese patrón se mantiene de forma rígida, incluso cuando ya no resulta necesario.
Trabajar la relación con uno mismo implica revisar estas exigencias internas, comprender de dónde vienen y explorar otras formas posibles de tratarse. No se trata de “exigirse menos” como consigna, sino de ampliar el repertorio de respuestas internas disponibles.
Cuando la relación consigo se vuelve más flexible y amable, muchas personas descubren que pueden seguir comprometidas con su vida sin vivir permanentemente en lucha consigo mismas. Y desde ahí, empiezan a tomar decisiones más conectadas con lo que realmente necesitan.

